
Todo empezaba con una pequeña gotera, y de repente su habitación se convertía en un inmenso mar, compartir la cama era entonces, navegar hacia la profundidad de ese océano. Sin embargo, no todos los tripulantes estaban dispuestos a llegar hasta el final, algunos preferían arrojarse al agua antes que compartir la vulnerabilidad del viaje; otros trataban de aventarla a ella en pleno mar abierto. Incluso, la última vez estuvo a punto de morir entre los dientes feroces de un tiburón hambriento y, aunque estaba acostumbrada a viajar sola, navegar a ese nivel era imposible sin compañía, por eso se aferraba tanto a buscar un buen acompañante, capaz de mantenerse a bordo del barco por lo menos durante el tiempo que durara el traslado hasta volver a tocar tierra. La profundidad del mar era aterradora pero también había algo de eso que le fascinaba como ninguna otra cosa en el mundo. Y ahora, después de tanto recorrer las enormes aguas marítimas, por primera vez sentía la claridad de buscar más allá del tacto, transgrediendo las búsquedas visuales que solo la habían llevado a dejarse llevar por el engaño de falsos viajeros, los que fingían estar dispuestos a experimentar el frío implacable del agua, los que se aferraban a la superficie terrestre, los que la dejaban sola en alta mar.
Por el momento, regresó a su puerto, espera y sabe que aparecerá el argonauta capaz de sostener el barco sin la horrible sensación de estar al borde, con la incertidumbre de poder morir ahogada.
Imagen: Eugenio Recuenco