
Perdió su boca y tenía un problema, ya que no sabía si se trataba de irse, de quedarse, de regresar o de salir corriendo, por ahora los recursos vitales eran la inmovilidad, el silencio y el encontrar en el vacío un poco de fe. Era un lapso de completo caos a su alrededor, sin embargo ese no era el conflicto real y lo sabía perfectamente, había algo más en la profundidad que aun seguía tambaleándose.
Caminaba por los pasillos de su nueva casa a tientas, intentando conocerla y buscando en su interior una respuesta que el mundo de afuera no le ofrecía, los elementos existentes no le proporcionaban la información que necesitaba y peor aún, le estaba costando mucho trabajo adaptarse a ese nuevo espacio. Tocaba su rostro y en su mirada percibía una oscuridad que le aterraba, desde hace algún tiempo se había prometido no volverlo a hacer, no volver a alejarse de su boca, pero ya era demasiado tarde, otra vez la había perdido y tenía que ir en busca de ella.
No sabía por dónde empezar pues a pesar de tener mucha claridad respecto a las razones de la pérdida se le estaba complicando el plan de búsqueda. Pasó noches enteras trazando mapas, estructurando rutas y estrategias, pues no tenía ni la más remota idea de dónde pudo haberla perdido. Recordaba muy poco del accidente, solo tenía leves rastros de una imagen en la que entraba una sombra por la ventana y después de eso no recordaba nada más. Las veces anteriores había sido más fácil pues siempre tenía un lugar concreto en el que sabía que encontraría lo perdido, por ejemplo, cuando buscó sus ojos directamente en un pozo de agua en el que estuvo a punto de morir ahogada. Ahora era distinto pues su conciencia no tenía rasgo alguno de lo sucedido, por lo que las características de esta pérdida apuntaban hacia algo que no le gustaba nada: había que ir al este y cruzar un largo mar. Estaba en su sino, las cosas difíciles de encontrar aparecerán en ese lugar, pero las implicaciones eran difíciles de aceptar pues el trayecto estaba lleno de obstáculos, espejismos y trampas, además de largas horas de angustia y desazón. Sin embargo, no quería continuar con ese mutismo y se armó de valor para salir al rescate de su boca.
Antes de partir decidió poner un poco de orden a su casa, ya que sabía que estaría lejos por mucho tiempo, y al estar limpiando la alacena encontró una puertita extraña cuya existencia desconocía por completo y a la que bastó con dar un leve empujoncito para abrir. Descubrió algo inimaginable: un hermoso jardín lleno de flores, sorprendida se fue acercando poco a poco a ese lugar escondido, mas no podía creer lo que sus ojos estaban viendo y menos cuando al estar dentro pudo ver toda una gama de colores que jamás había contemplado antes; árboles, plantas, un cielo hermoso y hasta un pequeño chopo que era más profundo de lo aparente. Se sintió tan feliz que casi olvida su misión, pero hubo algo que le sirvió para recordarla, más adentrito del oasis encontró una bella amiga que la acompañaría en su búsqueda, una hermosa vaca amarilla, tan bonita y tan tranquila que al verla supo sin lugar a dudas que sería su acompañante y guía rumbo al este. Ambas se miraron con una complicidad implícita, ella prometió alimentarla y cuidarla, por su parte la vaquita amarilla únicamente se limitó a sonreír, y justamente cuando cruzaron la puerta para emprender la búsqueda, misteriosa y mágicamente recuperó su boca, su voz, su lengua, sus palabras. Gritó de gusto pues entonces ya no era necesario partir al este, su boca estaba ahí en ese edén escondido. Agradeció alegremente a su nueva y amarilla amiga, quien desde entonces se quedó a vivir en el jardín mágico de su alacena.
Caminaba por los pasillos de su nueva casa a tientas, intentando conocerla y buscando en su interior una respuesta que el mundo de afuera no le ofrecía, los elementos existentes no le proporcionaban la información que necesitaba y peor aún, le estaba costando mucho trabajo adaptarse a ese nuevo espacio. Tocaba su rostro y en su mirada percibía una oscuridad que le aterraba, desde hace algún tiempo se había prometido no volverlo a hacer, no volver a alejarse de su boca, pero ya era demasiado tarde, otra vez la había perdido y tenía que ir en busca de ella.
No sabía por dónde empezar pues a pesar de tener mucha claridad respecto a las razones de la pérdida se le estaba complicando el plan de búsqueda. Pasó noches enteras trazando mapas, estructurando rutas y estrategias, pues no tenía ni la más remota idea de dónde pudo haberla perdido. Recordaba muy poco del accidente, solo tenía leves rastros de una imagen en la que entraba una sombra por la ventana y después de eso no recordaba nada más. Las veces anteriores había sido más fácil pues siempre tenía un lugar concreto en el que sabía que encontraría lo perdido, por ejemplo, cuando buscó sus ojos directamente en un pozo de agua en el que estuvo a punto de morir ahogada. Ahora era distinto pues su conciencia no tenía rasgo alguno de lo sucedido, por lo que las características de esta pérdida apuntaban hacia algo que no le gustaba nada: había que ir al este y cruzar un largo mar. Estaba en su sino, las cosas difíciles de encontrar aparecerán en ese lugar, pero las implicaciones eran difíciles de aceptar pues el trayecto estaba lleno de obstáculos, espejismos y trampas, además de largas horas de angustia y desazón. Sin embargo, no quería continuar con ese mutismo y se armó de valor para salir al rescate de su boca.
Antes de partir decidió poner un poco de orden a su casa, ya que sabía que estaría lejos por mucho tiempo, y al estar limpiando la alacena encontró una puertita extraña cuya existencia desconocía por completo y a la que bastó con dar un leve empujoncito para abrir. Descubrió algo inimaginable: un hermoso jardín lleno de flores, sorprendida se fue acercando poco a poco a ese lugar escondido, mas no podía creer lo que sus ojos estaban viendo y menos cuando al estar dentro pudo ver toda una gama de colores que jamás había contemplado antes; árboles, plantas, un cielo hermoso y hasta un pequeño chopo que era más profundo de lo aparente. Se sintió tan feliz que casi olvida su misión, pero hubo algo que le sirvió para recordarla, más adentrito del oasis encontró una bella amiga que la acompañaría en su búsqueda, una hermosa vaca amarilla, tan bonita y tan tranquila que al verla supo sin lugar a dudas que sería su acompañante y guía rumbo al este. Ambas se miraron con una complicidad implícita, ella prometió alimentarla y cuidarla, por su parte la vaquita amarilla únicamente se limitó a sonreír, y justamente cuando cruzaron la puerta para emprender la búsqueda, misteriosa y mágicamente recuperó su boca, su voz, su lengua, sus palabras. Gritó de gusto pues entonces ya no era necesario partir al este, su boca estaba ahí en ese edén escondido. Agradeció alegremente a su nueva y amarilla amiga, quien desde entonces se quedó a vivir en el jardín mágico de su alacena.
Imagen: Alex Lucka