octubre 09, 2008

La disolución de la sangre...

La disolución de la sangre significa disolver, eliminar lo que podría causar sangre y heridas: evitar el peligro.
Del hexagrama Huan (La Disolución), Libro de las Mutaciones







Dicen que ocurrió en el kilómetro 19, que el carro se volcó justamente en la zona llamada “El Columpio”, pasando el puente. Cuentan algunos testigos que el vehículo se volcó aparatosamente, que giró alrededor de cuatro a cinco veces, que cualquiera que viera los restos, pensaría que había muerto. No le permitieron mirar las fotografías pero en su rostro quedaron cicatrices que esconden silenciosamente la historia que ella no ha podido recordar.

Desde el día del accidente perdió algo, no en su cuerpo, pues a pesar de la reconstrucción quedó entero; extravió algo profundo cuyo nombre ignora, lo más probable es que no se hubiera percatado de su existencia a no ser porque comenzó a sentir la ausencia, como un órgano interno que solo se reconoce a través de los espasmos. Desde entonces padece la separación, sensaciones fantasma que señalan el dolor de una amputación desconocida.




Ha pasado noches enteras sin poder dormir, desea regresar al lugar, tocar el asfalto, el punto exacto donde ocurrió. Desea pedir perdón, no sabe a quién, quizás al camino, quizás a la muerte, pero en la profundidad de su vacío sabe que no es ella, ni la enfermedad las que le hicieron ingresar a esa angustia; no fue haber rozado la extinción, ni el asumirse perecedera, es algo que va más allá, inefable.
Hasta el momento lo único que es capaz de asegurar es una verdad que esconde y solo se susurra a sí misma cautelosamente: desde el día del accidente soy mala, perversa y oscura. Y efectivamente desde ese día brotaba de ella un sentimiento de desintegración incontenible que la impulsaba a destruir todo indicio de placer, se instalaba en ella una voz tan sádica que le imposibilitaba pensar o sentir cualquier cosa que fuera agradable, creaba imágenes que después exterminaba en cuestión de segundos, pero solo era cruel consigo misma, se había empezado a odiar tanto que no controlaba los impulsos de autodestrucción que con el paso del tiempo se iban acentuando más y más.





Regresar, pensaba que la única posibilidad de sentirse mejor era regresando al lugar, besando el suelo, suplicando una respuesta y tal vez, incluso, tal vez existiera la oportunidad de recuperar lo perdido.

Una noche se dispuso a solucionarlo, la vida había empezado a convertirse en un infierno que no estaba dispuesta a seguir habitando, por lo que decidió volver y guiarse por los vagos datos que tenía en la fragilidad de su memoria. Subió a un vehículo y tomó la carretera, se dirigía al mismo lugar, ella recordaba una laguna y un barranco, creía que todo había ocurrido en el kilómetro 16, pisaba el acelerador y conforme se iba acercando sentía en todo su cuerpo un temblor, su estómago se encogía y el pánico comenzaba a adueñarse de sus manos, estaba a punto de perder el control una vez más conforme iba reconociendo el paisaje, cuando de repente un camión que se acercaba en el carril contrario, la alumbró perturbadoramente con sus luces, fue cuando reconoció el lugar, definitivamente lo había encontrado, sintió una gran emoción, pues creía que por fin obtendría las respuestas que necesitaba. Detuvo el auto y se bajó, lo reconoció, buscó en el espacio, tocó la tierra y solo experimentó el vértigo de un recuerdo que tortura, pero no encontró nada y lo más probable es que nunca lo encontraría. Lloró al sentir la inutilidad de sus esfuerzos, se sentía condenada a vivir atormentada para siempre.

Después de largas horas de llanto regresó al auto, ya se podía percibir la luz de un sol que quiere comenzar a salir, era una madrugada helada, sus cristales se empañaron y al retomar el camino de regreso se topó una vez más con un camión de carga que venía de frente, por el carril opuesto, esta vez las luces que emitía no le resultaron tan desagradables, al contrario, fueron la señal que necesitaba para tomar la decisión; giró abruptamente el volante y se dejó ir de frente al autobús para estrellarse por completo, después de todo, comprendió que lo único que había pasado era que una parte de ella había muerto prensada en el accidente anterior, ahora tomaba la oportunidad de morir por completo y así fue.



Imágenes: Lilya Corneli

septiembre 29, 2008

El desprendimiento...

(...) Puse un fajo de fotografías en un sobre, lo pegué, lo até con una cinta y lo metí en el fondo del cajón. De vez en cuando, saco el sobre, lo toco, bajo las yemas de los dedos siento el dolor y sé que todavía no es hora de abrirlo. Pero un día, cuando el dolor desaparezca, lo abriré, miraré las fotografías y las clasificaré en el álbum. Las seleccionaré atentamente, las colocaré con esmero cuidando de que no se me escape ningún error. Me sentaré en esa ocasión junto al cristal de la ventana contra el que golpearán las primeras gotas de lluvia otoñal...

Dubravka Ugresic, “El Museo de la Rendición Incondicional”






¿Ya lo sentiste?, comienza el desprendimiento, el tiempo se llena de color sepia y la piel suelta más partículas de lo acostumbrado. Todo pareciera explotar silenciosamente como endometrio que todavía no recibe a un blastocito para darle alojamiento.

Imagen: Kelly Smith

septiembre 18, 2008

Un ecotono en la memoria...

Ha sido necesario escabullirse, mecerse entre sus propias ramas, buscar el ecotono que le posibilitara reconocer un nuevo bosque. Existe una cascada en la que pudo ver su cuerpo diluirse, golpeando entre las rocas que, como tortugas gigantes cobijaban el olvido...








Aun cuando todavía aparecen indicios de intromisión, aun sabiendo que hay depredadores que nunca mueren, logró encender una fogata para mantener vigilado el dolor, algunas veces se le escapa, se le derrama como sangre de remota coagulación; algunas otras, lo cobija entre sus brazos y lo besa con devoción, como si de ello dependiera la reivindicación de las fronteras, como si así lograra transgredirse abriendo otra dimensión para soportar todas las tesituras de la memoria. En otras ocasiones, lo amarra con un hilito y camina despacito, con él a su lado, lo conoce, lo toca, lo escudriña, sabe que no pasa nada, nunca se irá y no pasa nada, nada.
Imagen: Natasha Gudermane

septiembre 05, 2008

Sin más qué decir...



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agosto 29, 2008

Pequeños Retazos de un Ataque de Pánico


Los escenarios cambiaban con cada temblor, todo alrededor se caracterizaba por sus derrumbes, lo importante era tratar de encontrar un punto fijo para adquirir equilibrio.

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A veces se abrían pozos interminables en los que era inevitable caer para llegar a otro lugar igualmente inestable, había que correr de un lugar a otro sin ninguna referencia mas que la de evitar la caída.

***


Las ganas de estar solos se contradicen con la imposibilidad de soportar la soledad.

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Lo que faltaba era aceptación, los síntomas no desaparecerían pero era importante saber que había significaciones alternas por encontrar.

***


Era una cuestión tan primaria que se obstruía el proceso respiratorio: ansiedad de ahogo. El tórax, los genitales y las piernas, sustentaban la ansiedad de una caída.


***

Solo era cuestión de encontrarse en una mirada, un apretón para plantarse y encontrar el arraigo que permita habitar el propio cuerpo.







Imagen: Natalia Gudermane
Canción: Pauline en la Playa

agosto 22, 2008

Terapia Intensiva


Entra hasta la habitación, abre las cortinas, observa por favor lo que hay en la cama, no lo toques todavía, nada más observa. ¿Puedes verlo?, aun respira cálidamente, es tan suave y tan frágil que cualquier movimiento en falso lo puede desvanecer. Cúbrelo con tu mantita favorita y ahuyenta el frío, no permitas que regrese la hipotermia. Ponle música, la que más te guste, te puede escuchar todavía. Acarícialo, acarícialo mucho y despacio, querrá despertar, querrá huir pero mantengámoslo así, protegido, cobijado, aun faltan muchos recursos por agotar, no se le puede dejar así. Démosle besos de manzanas rojas y caricias de berenjena, que se desborden las cerezas con todo y lo agridulce de sus venas, no le niegues tus miradas de lunita menguante, que tenga la certeza de que probamos hasta la última pócima, hasta el último brujo, que no le quede ninguna duda de que lo hicimos todo, absolutamente todo para evitar que muriera.
Imagen: Natasha Gudermane

agosto 11, 2008

Horno Fértil


Desde la cocina de su hogar espera el momento, tiene mucho, mucho tiempo trabajando en la construcción de su hogar interno, por lo que cada día se siente más segura para recibirlo, mientras, prepara postres reconfortantes esperando su llegada. Quiere darle la bienvenida dulcemente, ahora es momento de suavidad, después de tanto tiempo de acidez y oscuridad, está lista para internarse en otras texturas.
Pasa horas experimentando sabores, olores, hace combinaciones nuevas, variaciones de los recetarios y ya tiene una especialidad, un hermoso y sencillísimo pan de elote con mermelada de zarzamoras, cuya receta tenía escrita a mano con letra apretadísima y chiquita en una servilleta y que dice así:

Para el pan:

Tres elotes tiernitos y jugosos
Dos tazas de harina para preparar panquecas caderonas y pecosas
Dos barritas de mantequilla derretidas a fueguito manso
Cuatro huevos guapos y consistentes
Lecherita
Un chorrito de Vainilla

Para la mermelda:

Un cuartito de zarzamoras sexys y maduritas
Azúcar, mucha azúcar

Ella mezcla los ingredientes con mucha delicadeza, piensa que una de las mejores maneras de regalar amor es a través de la comida, nutriendo y compartiendo sensualidad en los paladares. Hornea el pan con tanta emoción que pareciera que cuida de una criatura muy frágil, lo observa hasta que está listo y al final lo decora hasta dejarlo completamente antojable.

La fertilidad de ese momento está a flor de piel. Ella lo sabe, se siente lista para darle paso, aun no sabe quien es, quizás aun ni siquiera lo conoce, pero lo puede sentir, se estan buscando, ella lo espera, sentada en la terraza con vista al bosque, mientras se fuma un cigarrillo, no tiene prisa, aun quedan muchos panecitos por descubrir.
Imágen: Ira Bordo

julio 28, 2008

En busca de un argonauta



Todo empezaba con una pequeña gotera, y de repente su habitación se convertía en un inmenso mar, compartir la cama era entonces, navegar hacia la profundidad de ese océano. Sin embargo, no todos los tripulantes estaban dispuestos a llegar hasta el final, algunos preferían arrojarse al agua antes que compartir la vulnerabilidad del viaje; otros trataban de aventarla a ella en pleno mar abierto. Incluso, la última vez estuvo a punto de morir entre los dientes feroces de un tiburón hambriento y, aunque estaba acostumbrada a viajar sola, navegar a ese nivel era imposible sin compañía, por eso se aferraba tanto a buscar un buen acompañante, capaz de mantenerse a bordo del barco por lo menos durante el tiempo que durara el traslado hasta volver a tocar tierra. La profundidad del mar era aterradora pero también había algo de eso que le fascinaba como ninguna otra cosa en el mundo. Y ahora, después de tanto recorrer las enormes aguas marítimas, por primera vez sentía la claridad de buscar más allá del tacto, transgrediendo las búsquedas visuales que solo la habían llevado a dejarse llevar por el engaño de falsos viajeros, los que fingían estar dispuestos a experimentar el frío implacable del agua, los que se aferraban a la superficie terrestre, los que la dejaban sola en alta mar.
Por el momento, regresó a su puerto, espera y sabe que aparecerá el argonauta capaz de sostener el barco sin la horrible sensación de estar al borde, con la incertidumbre de poder morir ahogada.



Imagen: Eugenio Recuenco

julio 11, 2008

Renuncia Irrevocable





En su piel se desliza el tiempo, es solo cuestión de dejarlo ir, no hay más por el momento. Tan solo permitir que las palabras vuelen como mariposas fugitivas; no hay conceptos, no hay lenguaje, solo queda el cuerpo con su renuncia irrevocable.





boomp3.com


Imágen: Eugenio Recuenco

julio 03, 2008

On My Way




Cocoon

junio 26, 2008

Secuelas de un Shock Epidérmico





No sucedía todas las noches, pero cuando pasaba, eran los peores momentos de su vida. Algunas veces, cuando él intentaba dormir, ella aparecía por su ventana y realizaba para él una danza de movimientos tentadoramente insoportables. Desde la lejanía se iba escuchando el aterrizaje acentuado por sus zapatillas de tacón, sonido que provocaba en él un completo shock epidérmico; y ella tan diabólicamente segura de su infinita belleza, se burlaba de él provocándolo, restregando su cuerpo en el cristal que se empañaba con su aliento. Él se retorcía en la cama e intentaba taparse con las sábanas para no mirarla, se esforzaba con todas sus fuerzas para negar la presencia de esa mujer con alas que deseaba culposamente, pues no podía permitirse caer en la trampa de ese cuerpo que se le entregaba libremente, como una luciérnaga que ilumina con su ingenuo brillo el camino de alguien que se niega a estar acompañado.

Para ella, esta situación resultaba divertida, pues efectivamente con la soltura que la caracterizaba, no tenía hasta ese momento nada puesto en juego, salvo la posibilidad de estar con él, de llevarlo lejos de esa habitación en la que permanecía cautivo, en su mundo de mentiras en el que vivía como conectado a un respirador artificial, protegido y medio muerto. Ella jugaba, se burlaba de él y de sus estúpidos límites y se había propuesto seducirlo hasta transgredirlos, hasta que cediera a la tentación y se fugara con ella a un mundo vivo, peligroso y contaminado, pero real.

Una de esas noches, ella llegó especialmente incitadora, se fue acercando hasta el cristal de la ventana y al sentirse contemplada, dio inicio a su danza cadenciosa y juguetona como siempre, pero esta vez quería llegar un poco más lejos, entonces comenzó a desnudarse lentamente; él temblaba de deseo, de pánico, nunca la había apetecido tanto como esa noche, nunca se había percatado de cuan hermosa era. Pero sufría, sufría demasiado, pues para tocarla tenía que traspasar los cristales que lo separaban del mundo al que había renunciado con la convicción de no volver jamás. Desesperado trataba de no mirarla pero no podía, sus ojos estaban completamente hipnotizados por ese cuerpo maravilloso y lleno de vida.

Se dejó llevar, rompió los cristales con desesperación y la tomó entre sus brazos, la besó con tanto deseo que estaba a punto de colapsarse, la acarició impetuosamente, recorriendo todo su cuerpo, pero al rozar sus alas, sintió un inmenso odio que no pudo contener y descubrió que más que la tentación de estar con ella, era la ambigüedad de poseerla y destruirla lo que lo atormentaba, sin embargo, dominaba el odio que le despertaba esa maldita mujer que comenzó a estrangular con toda su ira.


Aun no se explica cómo pudo huir de aquel hombre que resultó envenenado, solo recuerda que estuvo a punto de morir entre sus manos. De las secuelas, ni qué hablar, pues todavía no le vuelven a crecer las alas que perdió esa noche, y aunque no está segura de que las recuperará y a pesar de que nunca se imaginó que estaban en riesgo, sabe que encontrará otra manera para poder seguir volando.
Imágenes: Lilya Corneli

junio 23, 2008

Any More







Aaron Thomas

junio 06, 2008

La mujer que se rompió para encontrarse...





“Hay en las cosas que se rompen
algo como un deseo
de escaparse de sí mismas
para luego buscarse
en otros sitios”

Gabriela Aguirre Sánchez






Se internó en la profundidad de un bosque, los árboles tenían una espesura tal que difícilmente lograba penetrar la luz de la luna, no tenía miedo, esta no era la primera vez. Continuó caminando hasta que sus piernas, con agudas punzadas le recordaron la sensación de cansancio, esto la reconfortó bastante, su objetivo de alguna manera se estaba logrando, así que encontró debajo de un árbol enorme el lugar perfecto para descansar.

Se quedó dormida y soñó: una sombra de largas uñas se recostaba a su lado y rasgaba su vestido suavemente mientras emitía un sonido extraño, algo como el ronronear de un gato maduro. De repente comenzó a sentir miedo, tanto que trató de moverse para despertar y huir, pero el ronroneo se fue convirtiendo extrañamente en un aullido, el aullido de un hombre lobo. Despertó precipitadamente, su corazón saltaba con tanta fuerza que podía escuchar sus propios latidos, sin embargo, un efímero alivio la reconfortó, pues tan solo había sido una pesadilla, pero, al cabo de un lapso de silencio, lo volvió a escuchar; entonces entendió, lo había encontrado, era el momento de encarar los resultados de su búsqueda.

Se quedó quieta, tratando de relajarse y controlar el temblor que dominaba todos sus músculos, sabía que no había marcha atrás, además los aullidos, que cada vez se intensificaban más, la fueron atrayendo de una manera que difícilmente podía eludir. Se fue dejando llevar hipnotizada hasta encontrarlo, él estaba ahí y le aullaba a la luna de una manera tan lastimera que, sin darse cuenta comenzó a llorar. Sentía su rostro empapado y una fascinación tan profunda que lo amó en ese instante, se dejó perder en la inmensidad del bosque y en la intensidad de los aullidos de ese hombre-lobo. Por lo que decidió acercarse, quería tocarlo, abrazarlo, besarlo hasta que dejara de aullar tan tristemente.

A pasitos lentos se fue acercando y cuando estuvo a punto de tocarlo él volteó para morderla violentamente, no pudo esquivar la mordida, sin embargo entendió el peligro en el que estaba y comenzó a correr, no sabía en donde tenía la herida, sin embargo su vestido estaba empapado de sangre. Mientras corría podía sentir todo su cuerpo, toda enterita estaba huyendo para salvar su vida, el problema es que estaba perdida, ya no sabía por donde regresar, pero siguió corriendo, él iba detrás de ella y cada que lograba alcanzarla no perdía la oportunidad de lastimarla. Pero algo inesperado pasó, ella cayó en un hoyo recóndito del bosque, se fue hundiendo hasta tocar el fondo completamente rota en pedacitos, como una pieza de cristal que se transforma hasta que no queda ni un ápice de lo que era.

Ha pasado mucho tiempo de eso, cuentan algunos que desde esa noche un espíritu delicado y luminoso se pasea entre los árboles, pero la verdad es que ella encontró otro espacio para vivir y ahora está contenta pues al romperse no solo escapó del hombre-lobo, también descubrió que rota, ya no tiene nada qué perder y sí nuevas formas de caber en la inmensidad de cualquier esfera.
Imagen: David Field
Cuentito dedicado a Noemí Mejorada, la mujer a la que no le importó romperse para encontrarse en otro sitio.



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mayo 28, 2008

Un refugio para besos viajeros y sin reloj...





Huían, ellos huían del frío, del calor, del dolor, de la costumbre y antes de llegar al refugio temporal estaba todo claro, tuvieron mucho tiempo para plantear la situación en la que se darían las circunstancias, por lo mismo habían postergado ese momento. Cada uno se protegía a sí mismo de las posibles consecuencias y también se cuidaban mutuamente. Ella temía porque conocía su gran capacidad de adhesión y porque después de lo que pasara entre ellos no tenía un suelo muy firme para aterrizar. Él tenía miedo porque a pesar de contar con un lugar seguro para tomar tierra, no le era suficiente, y para eso se necesitaban.

Llegaron a una esfera apartada de su mundo cotidiano, muy lejana y también muy hermosa; ella apretaba sus manos y hacía nudos su vestido, en el fondo una extraña emoción, que no se quería permitir abiertamente, le apretujaba el corazón. Él entró en un silencio profundo, sin embargo cada vez que la miraba dejaba ver mucha familiaridad e incluso ternura en sus ojos. Alguien abrió la puerta de esa esfera y se permitieron entrar suavemente, como prófugos que no quieren ser reconocidos, tenían un poco de resistencia más no la suficiente para renunciar, además a esas alturas ya era demasiado tarde.






Estando ahí, adentro, sin una sola ventana que los enlazara con el exterior, iniciaron un ritual de besos ladeados en los que sus cabezas se movían en direcciones opuestas, con mucha dulzura mientras ella inclinaba su cabeza hacia atrás, él le daba una serie de besos inclinados y directos en los que se mordisqueaban y se acariciaban levemente con la lengua. Se llenaron de caricias, de apretones, de besos nominales, besos distractores, de besos viajeros y sobre todo, de besos sin reloj, abrieron una dimensión en la que sus fantasmas y sobre todo, su realidad se había quedado flotando afuera, se crearon un mundito atemporal en el que no importaba nada más que sentirse, olerse, lamerse y dejarse derretir hasta plantar el beso definitivo que quedaría para el recuerdo.








Pasó esa noche, lentísima y espesa, durmieron agotados sabiendo que el amanecer les traería el golpe certero de la realidad. Y así fue, una alarma estridente rompió con el sueño profundo al que se habían entregado, era momento de partir, de salir de su burbuja, de abrir las ventanas y permitir sin resistencia que la verdad inundara la habitación, la cama y todo lo que efímeramente había sido para ellos. Ella, en un intento infantil por evadir lo que venía, trató de esconderse bajo las sábanas, sin embargo sabía perfectamente que el futuro era inevitable, había que regresar inmediatamente. Él sencillamente como soldado resignado a morir en la guerra, se puso en pie para iniciar el retorno.

El camino de regreso se caracterizó por un silencio extraño, de recuperación y de asimilación, a cada uno se le iban pegando sus propias sombras, sus cicatrices y sus huecos hasta volver a ser los mismos, pues no tenían otra opción. Ella se quedó en un lugar suave, sin embargo sus pies no se pegaban del todo al suelo; él siguió un camino largo pero conocido, tan conocido que hastiaba. Su despedida fue insustancial, ya no había nada qué decir.



Imágenes: Eugenio Recuenco

Dedicado a Félix, El Embajador de un país muy lejano al mío, con mucho cariño por compartir esa historia y dejarla en mis manos.

mayo 19, 2008

Animales Tristes...




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mayo 12, 2008

Maquillistas Profesionales









A ella le gustaba mucho encerrarlo en un frasco de cristal y hervirlo a “baño María” después da tanto tiempo se había hecho experta en técnicas de conservación; a él le gustaba someterla a cambios drásticos de temperatura, disfrutaba horneándola lentamente para después meterla en el refrigerador; ella lo maceraba, lo salpimentaba y lo espolvoreaba. Él la salaba, la endulzaba y la sancochaba, pero lo que más le gustaba era asarla y desvenarla. A ella le encantaba deshebrarlo o cernirlo, aunque también se excitaba capeándolo.

Se construyeron, se inventaron, se pusieron colores. Armaban planes y cuentos, se imaginaban, se visualizaban, se tejían, se hacían y se deshacían. Se cocinaban, se agregaban y se quitaban ingredientes, se enfriaban, se calentaban, se congelaban, se encerraban, se salían, volaban, aterrizaban, se mataban, se resucitaban, se tomaban de las manos, se descomponían y se reparaban.

Y no eran reales, nunca lo fueron.



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Imagen: Henrik Halvarsson

mayo 01, 2008

Relato de una Cebra Devorada




Entró por la puerta principal, sin permiso pero con el cinismo que caracteriza a los intrusos. Se metió intempestivamente, feroz como un león hambriento, tan seguro que ella no lo pudo detener. Lo dejó pasar hasta el fondo, hasta sus huesos.

Completamente ensangrentada ella necesitaba gritar que una bestia desconocida la estaba deshebrando pero no quería delatarlo, deseaba más. Ese animal conocía perfectamente las leyes de la cadena alimenticia y ella era la presa perfecta: vulnerable, un poco hostil y lo mejor de todo, con el corazón mirando hacia otro lugar.

Algo la detenía a dejarse partir en mil pedazos, quizás la culpa por permitir que un completo desconocido la devorara. Sin embargo, nunca nadie había intentado destazarle el cuerpo con tanto placer, ese placer que duele en las piernas y aunque trató de huir, con la poca fuerza que le quedaba, no pudo, el animal no se iría hasta saciar por completo su hambre; por lo que lo alimentó, sin amor, sin ternura, incluso con una pequeña dosis de odio, pero le dio de comer, asustada, enojada, pero también extasiada, tan satisfecha que reservaría ese gozo como un secreto que solo ella sabría, nadie más.






A la mañana siguiente era una cebra con el cuerpo completamente despedazado y él se había ido sigilosamente. Ella se fue reconstruyendo poco a poco hasta ponerse en pie para recapitular en su cabeza los hechos. Fue real, pasó y ahora con todo y la división que le implicó ese encuentro, quiere volver a verlo, a esa fiera salvaje que devora como ningún otro. Pero no sabe dónde encontrarlo, solo queda esperar, quizás con el tiempo él también quiera regresar, finalmente así son los animales indomables, siempre retornan cuando tienen hambre.
Imágenes: Nicolás Henri

abril 22, 2008

En Busca De Una Boca




Perdió su boca y tenía un problema, ya que no sabía si se trataba de irse, de quedarse, de regresar o de salir corriendo, por ahora los recursos vitales eran la inmovilidad, el silencio y el encontrar en el vacío un poco de fe. Era un lapso de completo caos a su alrededor, sin embargo ese no era el conflicto real y lo sabía perfectamente, había algo más en la profundidad que aun seguía tambaleándose.

Caminaba por los pasillos de su nueva casa a tientas, intentando conocerla y buscando en su interior una respuesta que el mundo de afuera no le ofrecía, los elementos existentes no le proporcionaban la información que necesitaba y peor aún, le estaba costando mucho trabajo adaptarse a ese nuevo espacio. Tocaba su rostro y en su mirada percibía una oscuridad que le aterraba, desde hace algún tiempo se había prometido no volverlo a hacer, no volver a alejarse de su boca, pero ya era demasiado tarde, otra vez la había perdido y tenía que ir en busca de ella.

No sabía por dónde empezar pues a pesar de tener mucha claridad respecto a las razones de la pérdida se le estaba complicando el plan de búsqueda. Pasó noches enteras trazando mapas, estructurando rutas y estrategias, pues no tenía ni la más remota idea de dónde pudo haberla perdido. Recordaba muy poco del accidente, solo tenía leves rastros de una imagen en la que entraba una sombra por la ventana y después de eso no recordaba nada más. Las veces anteriores había sido más fácil pues siempre tenía un lugar concreto en el que sabía que encontraría lo perdido, por ejemplo, cuando buscó sus ojos directamente en un pozo de agua en el que estuvo a punto de morir ahogada. Ahora era distinto pues su conciencia no tenía rasgo alguno de lo sucedido, por lo que las características de esta pérdida apuntaban hacia algo que no le gustaba nada: había que ir al este y cruzar un largo mar. Estaba en su sino, las cosas difíciles de encontrar aparecerán en ese lugar, pero las implicaciones eran difíciles de aceptar pues el trayecto estaba lleno de obstáculos, espejismos y trampas, además de largas horas de angustia y desazón. Sin embargo, no quería continuar con ese mutismo y se armó de valor para salir al rescate de su boca.

Antes de partir decidió poner un poco de orden a su casa, ya que sabía que estaría lejos por mucho tiempo, y al estar limpiando la alacena encontró una puertita extraña cuya existencia desconocía por completo y a la que bastó con dar un leve empujoncito para abrir. Descubrió algo inimaginable: un hermoso jardín lleno de flores, sorprendida se fue acercando poco a poco a ese lugar escondido, mas no podía creer lo que sus ojos estaban viendo y menos cuando al estar dentro pudo ver toda una gama de colores que jamás había contemplado antes; árboles, plantas, un cielo hermoso y hasta un pequeño chopo que era más profundo de lo aparente. Se sintió tan feliz que casi olvida su misión, pero hubo algo que le sirvió para recordarla, más adentrito del oasis encontró una bella amiga que la acompañaría en su búsqueda, una hermosa vaca amarilla, tan bonita y tan tranquila que al verla supo sin lugar a dudas que sería su acompañante y guía rumbo al este. Ambas se miraron con una complicidad implícita, ella prometió alimentarla y cuidarla, por su parte la vaquita amarilla únicamente se limitó a sonreír, y justamente cuando cruzaron la puerta para emprender la búsqueda, misteriosa y mágicamente recuperó su boca, su voz, su lengua, sus palabras. Gritó de gusto pues entonces ya no era necesario partir al este, su boca estaba ahí en ese edén escondido. Agradeció alegremente a su nueva y amarilla amiga, quien desde entonces se quedó a vivir en el jardín mágico de su alacena.



Imagen: Alex Lucka

abril 14, 2008

Homicidio Imprudencial







“Sólo quien guarda las armas bajo llave tiende a disparar sobre todos los demás”

Clarice Lispector, “Cerca del corazón salvaje”



En silencio, lento, casi imperceptible se repetía el peligro, una y otra vez regresaba el agua, lo abismal. Su memoria se desdoblada, se multiplicaba en miles de partículas y no podía, no podía dar paso a nadie más. Su corazón ha tenido un punto de referencia perdido, y la tendencia a caer en el agujero del vértigo lo atrapa, lo envuelve como insecto perdido en una telaraña. Es la ceguera y el miedo, no hay espacio, no hay tiempo y todos sus movimientos hieren. Su boca se ha convertido en un revólver, involuntario quizás, pero revólver al fin.




Imagen: Bekan

abril 04, 2008

Retazo de un incendio provocado


El incendio se llevó todo su bosque, desde ese día sus esfuerzos por encontrar un orden cronológico son inservibles, no ha podido hilar los sucesos de una manera ordenada y mucho menos coherente. Desde tiempo atrás pareciera que su mano derecha intenta reconstruir inútilmente el cadáver que su mano izquierda se empeña en destazar.
Imagen: Nicolás Henri