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diciembre 26, 2010

Purificación



He quemado hasta el último retazo de tu ropa, por cada hilo que volaba fulminado, recé una oración desesperada que invocaba a la muerte con su irreversible misericordia. Sé que ella no me delatará jamás, esconderá bajo su vestido mi corazón y sabrá disimular su dulce escurrimiento.


Imagen: Jonal Lozano

abril 13, 2009

Mientras duermen...

Mientras duermen, mientras estás dormido, pienso, pienso todo el tiempo... en el queso que esta mañana se descompuso, en la maldita fragilidad de los bloques que se desmoronan despiadadamente, en los sueños. Mientras duermes me agarro muy fuerte de mi cepillo de dientes, lloro un poquito frente al espejo deseando como una verdadera creyente que se haga realidad, que tenga sentido.

septiembre 18, 2008

Un ecotono en la memoria...

Ha sido necesario escabullirse, mecerse entre sus propias ramas, buscar el ecotono que le posibilitara reconocer un nuevo bosque. Existe una cascada en la que pudo ver su cuerpo diluirse, golpeando entre las rocas que, como tortugas gigantes cobijaban el olvido...








Aun cuando todavía aparecen indicios de intromisión, aun sabiendo que hay depredadores que nunca mueren, logró encender una fogata para mantener vigilado el dolor, algunas veces se le escapa, se le derrama como sangre de remota coagulación; algunas otras, lo cobija entre sus brazos y lo besa con devoción, como si de ello dependiera la reivindicación de las fronteras, como si así lograra transgredirse abriendo otra dimensión para soportar todas las tesituras de la memoria. En otras ocasiones, lo amarra con un hilito y camina despacito, con él a su lado, lo conoce, lo toca, lo escudriña, sabe que no pasa nada, nunca se irá y no pasa nada, nada.
Imagen: Natasha Gudermane

agosto 22, 2008

Terapia Intensiva


Entra hasta la habitación, abre las cortinas, observa por favor lo que hay en la cama, no lo toques todavía, nada más observa. ¿Puedes verlo?, aun respira cálidamente, es tan suave y tan frágil que cualquier movimiento en falso lo puede desvanecer. Cúbrelo con tu mantita favorita y ahuyenta el frío, no permitas que regrese la hipotermia. Ponle música, la que más te guste, te puede escuchar todavía. Acarícialo, acarícialo mucho y despacio, querrá despertar, querrá huir pero mantengámoslo así, protegido, cobijado, aun faltan muchos recursos por agotar, no se le puede dejar así. Démosle besos de manzanas rojas y caricias de berenjena, que se desborden las cerezas con todo y lo agridulce de sus venas, no le niegues tus miradas de lunita menguante, que tenga la certeza de que probamos hasta la última pócima, hasta el último brujo, que no le quede ninguna duda de que lo hicimos todo, absolutamente todo para evitar que muriera.
Imagen: Natasha Gudermane

julio 28, 2008

En busca de un argonauta



Todo empezaba con una pequeña gotera, y de repente su habitación se convertía en un inmenso mar, compartir la cama era entonces, navegar hacia la profundidad de ese océano. Sin embargo, no todos los tripulantes estaban dispuestos a llegar hasta el final, algunos preferían arrojarse al agua antes que compartir la vulnerabilidad del viaje; otros trataban de aventarla a ella en pleno mar abierto. Incluso, la última vez estuvo a punto de morir entre los dientes feroces de un tiburón hambriento y, aunque estaba acostumbrada a viajar sola, navegar a ese nivel era imposible sin compañía, por eso se aferraba tanto a buscar un buen acompañante, capaz de mantenerse a bordo del barco por lo menos durante el tiempo que durara el traslado hasta volver a tocar tierra. La profundidad del mar era aterradora pero también había algo de eso que le fascinaba como ninguna otra cosa en el mundo. Y ahora, después de tanto recorrer las enormes aguas marítimas, por primera vez sentía la claridad de buscar más allá del tacto, transgrediendo las búsquedas visuales que solo la habían llevado a dejarse llevar por el engaño de falsos viajeros, los que fingían estar dispuestos a experimentar el frío implacable del agua, los que se aferraban a la superficie terrestre, los que la dejaban sola en alta mar.
Por el momento, regresó a su puerto, espera y sabe que aparecerá el argonauta capaz de sostener el barco sin la horrible sensación de estar al borde, con la incertidumbre de poder morir ahogada.



Imagen: Eugenio Recuenco

junio 26, 2008

Secuelas de un Shock Epidérmico





No sucedía todas las noches, pero cuando pasaba, eran los peores momentos de su vida. Algunas veces, cuando él intentaba dormir, ella aparecía por su ventana y realizaba para él una danza de movimientos tentadoramente insoportables. Desde la lejanía se iba escuchando el aterrizaje acentuado por sus zapatillas de tacón, sonido que provocaba en él un completo shock epidérmico; y ella tan diabólicamente segura de su infinita belleza, se burlaba de él provocándolo, restregando su cuerpo en el cristal que se empañaba con su aliento. Él se retorcía en la cama e intentaba taparse con las sábanas para no mirarla, se esforzaba con todas sus fuerzas para negar la presencia de esa mujer con alas que deseaba culposamente, pues no podía permitirse caer en la trampa de ese cuerpo que se le entregaba libremente, como una luciérnaga que ilumina con su ingenuo brillo el camino de alguien que se niega a estar acompañado.

Para ella, esta situación resultaba divertida, pues efectivamente con la soltura que la caracterizaba, no tenía hasta ese momento nada puesto en juego, salvo la posibilidad de estar con él, de llevarlo lejos de esa habitación en la que permanecía cautivo, en su mundo de mentiras en el que vivía como conectado a un respirador artificial, protegido y medio muerto. Ella jugaba, se burlaba de él y de sus estúpidos límites y se había propuesto seducirlo hasta transgredirlos, hasta que cediera a la tentación y se fugara con ella a un mundo vivo, peligroso y contaminado, pero real.

Una de esas noches, ella llegó especialmente incitadora, se fue acercando hasta el cristal de la ventana y al sentirse contemplada, dio inicio a su danza cadenciosa y juguetona como siempre, pero esta vez quería llegar un poco más lejos, entonces comenzó a desnudarse lentamente; él temblaba de deseo, de pánico, nunca la había apetecido tanto como esa noche, nunca se había percatado de cuan hermosa era. Pero sufría, sufría demasiado, pues para tocarla tenía que traspasar los cristales que lo separaban del mundo al que había renunciado con la convicción de no volver jamás. Desesperado trataba de no mirarla pero no podía, sus ojos estaban completamente hipnotizados por ese cuerpo maravilloso y lleno de vida.

Se dejó llevar, rompió los cristales con desesperación y la tomó entre sus brazos, la besó con tanto deseo que estaba a punto de colapsarse, la acarició impetuosamente, recorriendo todo su cuerpo, pero al rozar sus alas, sintió un inmenso odio que no pudo contener y descubrió que más que la tentación de estar con ella, era la ambigüedad de poseerla y destruirla lo que lo atormentaba, sin embargo, dominaba el odio que le despertaba esa maldita mujer que comenzó a estrangular con toda su ira.


Aun no se explica cómo pudo huir de aquel hombre que resultó envenenado, solo recuerda que estuvo a punto de morir entre sus manos. De las secuelas, ni qué hablar, pues todavía no le vuelven a crecer las alas que perdió esa noche, y aunque no está segura de que las recuperará y a pesar de que nunca se imaginó que estaban en riesgo, sabe que encontrará otra manera para poder seguir volando.
Imágenes: Lilya Corneli

junio 06, 2008

La mujer que se rompió para encontrarse...





“Hay en las cosas que se rompen
algo como un deseo
de escaparse de sí mismas
para luego buscarse
en otros sitios”

Gabriela Aguirre Sánchez






Se internó en la profundidad de un bosque, los árboles tenían una espesura tal que difícilmente lograba penetrar la luz de la luna, no tenía miedo, esta no era la primera vez. Continuó caminando hasta que sus piernas, con agudas punzadas le recordaron la sensación de cansancio, esto la reconfortó bastante, su objetivo de alguna manera se estaba logrando, así que encontró debajo de un árbol enorme el lugar perfecto para descansar.

Se quedó dormida y soñó: una sombra de largas uñas se recostaba a su lado y rasgaba su vestido suavemente mientras emitía un sonido extraño, algo como el ronronear de un gato maduro. De repente comenzó a sentir miedo, tanto que trató de moverse para despertar y huir, pero el ronroneo se fue convirtiendo extrañamente en un aullido, el aullido de un hombre lobo. Despertó precipitadamente, su corazón saltaba con tanta fuerza que podía escuchar sus propios latidos, sin embargo, un efímero alivio la reconfortó, pues tan solo había sido una pesadilla, pero, al cabo de un lapso de silencio, lo volvió a escuchar; entonces entendió, lo había encontrado, era el momento de encarar los resultados de su búsqueda.

Se quedó quieta, tratando de relajarse y controlar el temblor que dominaba todos sus músculos, sabía que no había marcha atrás, además los aullidos, que cada vez se intensificaban más, la fueron atrayendo de una manera que difícilmente podía eludir. Se fue dejando llevar hipnotizada hasta encontrarlo, él estaba ahí y le aullaba a la luna de una manera tan lastimera que, sin darse cuenta comenzó a llorar. Sentía su rostro empapado y una fascinación tan profunda que lo amó en ese instante, se dejó perder en la inmensidad del bosque y en la intensidad de los aullidos de ese hombre-lobo. Por lo que decidió acercarse, quería tocarlo, abrazarlo, besarlo hasta que dejara de aullar tan tristemente.

A pasitos lentos se fue acercando y cuando estuvo a punto de tocarlo él volteó para morderla violentamente, no pudo esquivar la mordida, sin embargo entendió el peligro en el que estaba y comenzó a correr, no sabía en donde tenía la herida, sin embargo su vestido estaba empapado de sangre. Mientras corría podía sentir todo su cuerpo, toda enterita estaba huyendo para salvar su vida, el problema es que estaba perdida, ya no sabía por donde regresar, pero siguió corriendo, él iba detrás de ella y cada que lograba alcanzarla no perdía la oportunidad de lastimarla. Pero algo inesperado pasó, ella cayó en un hoyo recóndito del bosque, se fue hundiendo hasta tocar el fondo completamente rota en pedacitos, como una pieza de cristal que se transforma hasta que no queda ni un ápice de lo que era.

Ha pasado mucho tiempo de eso, cuentan algunos que desde esa noche un espíritu delicado y luminoso se pasea entre los árboles, pero la verdad es que ella encontró otro espacio para vivir y ahora está contenta pues al romperse no solo escapó del hombre-lobo, también descubrió que rota, ya no tiene nada qué perder y sí nuevas formas de caber en la inmensidad de cualquier esfera.
Imagen: David Field
Cuentito dedicado a Noemí Mejorada, la mujer a la que no le importó romperse para encontrarse en otro sitio.



boomp3.com

abril 22, 2008

En Busca De Una Boca




Perdió su boca y tenía un problema, ya que no sabía si se trataba de irse, de quedarse, de regresar o de salir corriendo, por ahora los recursos vitales eran la inmovilidad, el silencio y el encontrar en el vacío un poco de fe. Era un lapso de completo caos a su alrededor, sin embargo ese no era el conflicto real y lo sabía perfectamente, había algo más en la profundidad que aun seguía tambaleándose.

Caminaba por los pasillos de su nueva casa a tientas, intentando conocerla y buscando en su interior una respuesta que el mundo de afuera no le ofrecía, los elementos existentes no le proporcionaban la información que necesitaba y peor aún, le estaba costando mucho trabajo adaptarse a ese nuevo espacio. Tocaba su rostro y en su mirada percibía una oscuridad que le aterraba, desde hace algún tiempo se había prometido no volverlo a hacer, no volver a alejarse de su boca, pero ya era demasiado tarde, otra vez la había perdido y tenía que ir en busca de ella.

No sabía por dónde empezar pues a pesar de tener mucha claridad respecto a las razones de la pérdida se le estaba complicando el plan de búsqueda. Pasó noches enteras trazando mapas, estructurando rutas y estrategias, pues no tenía ni la más remota idea de dónde pudo haberla perdido. Recordaba muy poco del accidente, solo tenía leves rastros de una imagen en la que entraba una sombra por la ventana y después de eso no recordaba nada más. Las veces anteriores había sido más fácil pues siempre tenía un lugar concreto en el que sabía que encontraría lo perdido, por ejemplo, cuando buscó sus ojos directamente en un pozo de agua en el que estuvo a punto de morir ahogada. Ahora era distinto pues su conciencia no tenía rasgo alguno de lo sucedido, por lo que las características de esta pérdida apuntaban hacia algo que no le gustaba nada: había que ir al este y cruzar un largo mar. Estaba en su sino, las cosas difíciles de encontrar aparecerán en ese lugar, pero las implicaciones eran difíciles de aceptar pues el trayecto estaba lleno de obstáculos, espejismos y trampas, además de largas horas de angustia y desazón. Sin embargo, no quería continuar con ese mutismo y se armó de valor para salir al rescate de su boca.

Antes de partir decidió poner un poco de orden a su casa, ya que sabía que estaría lejos por mucho tiempo, y al estar limpiando la alacena encontró una puertita extraña cuya existencia desconocía por completo y a la que bastó con dar un leve empujoncito para abrir. Descubrió algo inimaginable: un hermoso jardín lleno de flores, sorprendida se fue acercando poco a poco a ese lugar escondido, mas no podía creer lo que sus ojos estaban viendo y menos cuando al estar dentro pudo ver toda una gama de colores que jamás había contemplado antes; árboles, plantas, un cielo hermoso y hasta un pequeño chopo que era más profundo de lo aparente. Se sintió tan feliz que casi olvida su misión, pero hubo algo que le sirvió para recordarla, más adentrito del oasis encontró una bella amiga que la acompañaría en su búsqueda, una hermosa vaca amarilla, tan bonita y tan tranquila que al verla supo sin lugar a dudas que sería su acompañante y guía rumbo al este. Ambas se miraron con una complicidad implícita, ella prometió alimentarla y cuidarla, por su parte la vaquita amarilla únicamente se limitó a sonreír, y justamente cuando cruzaron la puerta para emprender la búsqueda, misteriosa y mágicamente recuperó su boca, su voz, su lengua, sus palabras. Gritó de gusto pues entonces ya no era necesario partir al este, su boca estaba ahí en ese edén escondido. Agradeció alegremente a su nueva y amarilla amiga, quien desde entonces se quedó a vivir en el jardín mágico de su alacena.



Imagen: Alex Lucka

marzo 28, 2008

La Taxonomista de Mounstros




Tenía todo un cúmulo de mounstros, de diferentes tamaños, colores y formas, toda su casa estaba llena de ellos y es que desde que decidió asumir su condición emancipada comenzaron a salir ilimitadamente. Al principio estaba muy asustada pues ignoraba la existencia de tales seres en su mundo. Después comenzó a sentir una especie de familiaridad con ellos, pero con el paso del tiempo una imperante necesidad de orden la llevó a comenzar una fuerte actividad de clasificación, sobre todo para rescatar aquellos que realmente le pertenecían.

Clasificación No. 1: “los mountros adoptados”, aquellos que por alguna extraña razón le habían resultado agradables, útiles o necesarios pero que no eran del todo suyos y que había decidido llevarse a casa.

Clasificación No. 2: los mountros del tipo “dije burro y quisiste viaje”; aquellos que simplemente se le fueron pegando en el camino pero de los que ella no era del todo responsable ni consciente. Éstos sencillamente eran innecesarios pero estaban allí holgazaneando en su casita.

Clasificación No. 3: "los mountros ajenos y desgastantes"; éstos eran los más importantes porque su origen se debía a la existencia de otros personajes de su vida, por lo que requerían una sub clasificación de acuerdo a la persona de quien provenían, por lo que en la pancita de cada uno colocó una etiqueta que decía algo así: “mounstro de mamá” o “mounstro de Jorge” (su ex) o “mounstro mordelón especialmente peligroso de la abuela Nicolasa”, “mounstro gordo y vampiro tóxico de mi tía Chelito” o “mounstro inútil y pesado de mi papá”.

Y así poco a poco fue culminando esa extenuante y necesaria tarea para después llegar a una difícil decisión: cuáles mountros se quedarían y cuáles era necesario correr de la casa. No sería cruel con los que expulsaría de su mundo, pues sabía que en algún momento de su historia fueron útiles o le ayudaron a sobrevivir en su entorno, sin embargo sí sería determinante con su decisión y, de acuerdo a la etiqueta colocada fue seleccionando mounstritos, unos como fieles compañeros y otros para despedirlos con un dulce beso en la frente.

Y fue así como los que se quedaron pudieron disfrutar de un espacio más libre para correr por toda la casa, y ella de vez en cuando los detenía para observarlos y acariciarlos con detenimiento evocando con el tacto el momento en el que los eligió como compañeros.
Imagen: Henrik Halvarsson

febrero 27, 2008

El Compañero Incómodo


Cada vez que abría el refrigerador lo veía, todas las noches estaba ahí, congelado, con la cara totalmente maligna y petrificada. Se burlaba de ella, que espantada, cerraba con un portazo el aparato y salía corriendo de la cocina tratando de convencerse de que no era real lo que había visto. Sin embargo a la noche siguiente volvía a suceder, ella confiada abría el refrigerador para sacar algún alimento y él estaba ahí, mirándola en silencio con ojos escrutadores y burlezcos. Ella lloraba cada vez que lo veía, se paralizaba de miedo y utilizaba toda una serie de recursos para huir de ese mounstrito impactante que no se atrevía a tocar ni a sacar de ahí.

Él era un mounstrito que ignoraba su origen, un día apareció de la nada dentro del refrigerardor de una mujer a la que disfrutaba torturar con su imagen, nadie le había dado semejante consigna, sin embargo, en cuanto ella abría el refrigerador, automáticamente se disparaba en él un instinto perverso que lo impulsaba a asustarla, pero cuando se percataba de su reacción y de la cara de sufrimiento que ella mostraba, se arrepentía terriblemente.

Ninguno de los dos entendía la existencia del otro, cada noche sucedía lo mismo, ella abría el frigorífico y él la asustaba; hasta que de repente, sin darse cuenta, habían construido una rutina de espanto y reparación de la que cada vez eran más dependientes, tanto, que cada uno esperaba el momento del día en el que sus caras se topaban para después separarse súbitamente.

Hasta que un día ella decidió romper con esa cadena de encuentros y desencuentros, pues estaba comenzando a angustiarse por el lejano contacto con ese ser que la atormentaba y que al mismo tiempo, por una extraña razón, estaba comenzando a necesitar. Ella se preguntaba acerca del origen de esa criatura espantosa, se cuestionaba acerca de sí misma y del miedo que experimentaba al verlo; no encontraba respuesta alguna, la única certeza que tenía era la de saber que estaba dispuesta a enfrentarlo. Por lo que una noche, de ésas en las que el insomnio se hace presente, decidió levantarse y sacarlo de la nevera, tomarlo entre sus manos y acariciarlo suavemente hasta descongelarlo, pero al momento de abrir el refrigerador se dio cuenta de que él se había esfumado, lo buscó desesperadamente, sacó los jitomates, las fresas, la carne y nada, no encontró un solo rastro, él había desaparecido. Se quedó pasmada ante semejante revelación y hasta la fecha no está del todo segura de la existencia de ese mounstro con el que, a pesar de todo, tantas noches se sintió acompañada.

En cuanto a él, nadie lo ha vuelto a ver porque nadie sabe que ahora duerme tranquilamente en el refrigerador interno de ella y que está dispuesto a despertar cada vez que sea necesario, cada vez que haya que enfrentar noches de insomnio y días amarillentos de desolación.

Imágen: Henryk Alvarson

febrero 17, 2008

Mujer-Meteorito



Por fin lo hizo: pudo morder la manzana, una “red delicious” entre sus dientes y se convirtió en un meteorito, incontenible, insostenible, inparable. No supo en qué momento optó por ese contacto explosivo al que tanto le temía, pero ahí estaba de repente envuelta en llamas, a una velocidad suficiente como para que nadie pueda detenerle, ni siquiera la caída interminable de los corazones que están a punto de reventar como ampollas. Eligió el vuelo, la explosión y traspasó aquel espejo transparente cuyas venas cada vez eran más espesas. Hoy entró a ese planeta que parecía tan lejano y tétrico, ya no le importa perderse. Con los residuos del miedo fortaleció la tranquilidad de una huída estoica, y con los restos de la tristeza está lista para sentir su piel erizada y para perder ocasionalmente las dimensiones de su cuerpo.
Imagen: Ira Bordo

febrero 12, 2008

De Regreso a Casa

Se detuvo y estuvo parada mucho tiempo, ahí justo en esa piedra roja, dijeron algunos que la vieron vagando por última vez. Otros dicen que la vieron caminar muy despacio con la mirada perdida y que de vez en cuando se detenía para tocar algún árbol o para recoger un diente de león. Algunos otros dicen que platicaba con perros y gatos callejeros, preguntando por el camino de regreso, pero en ese momento no tenía muy claro hacia dónde quería llegar. Hubo quienes le regalaron mapas o le indicaban el camino con señas, hubo incluso quien le obsequió una brújula. Sin embargo, fue mucho el tiempo que estuvo perdida. Hasta que un día se topó con lo que necesitaba. Primero fueron unos ojos, los ojos flecha de un Mujer Rota que como ella, sabe lo que es estar mucho tiempo lejos de casa; después fue un corazón, el corazón linterna de una Reina Galáctica que conocía perfectamente la sensación de saberse perdido. A mitad de camino las manos de una Cortapelos de tacto suave la guiaron lentamente por la parte más oscura del camino y finalmente un grupo de luciérnagas la acompañaron hasta que ella poco a poco fue recobrando la memoria para regresar a su casa.






Nadie sabe qué pasó estando lejos, a nadie ha contado la totalidad de la historia, dicen los que la vieron llegar que tenía su vestido manchado de sangre y moretones por todo el cuerpo; otros dicen que la sangre no era de ella, sino de un hombre al que mató a quemarropa; muchos otros comentan que perdió la memoria en un accidente automovilístico y que por eso tardó tanto tiempo en regresar, lo cierto es que algo fuerte sucedió, pues aun no termina de desempolvar su casita y se le puede oír llorar durante algunas noches. Y cuando se le pregunta sobre lo sucedido ella simplemente responde: “hice un viaje inevitable, algunas veces para poder conocer nuestra casa es necesario ir y venir de las tinieblas”.

Imágenes: Nicolás Henri

febrero 06, 2008

Expresos en el desierto

La trayectoria para unir un punto con otro está abierta a un infinito número de posibilidades...













Había un camino mágico, ellos lo comenzaron a recorrer en silencio, miraban el paisaje a través de las ventanas del automóvil y no decían nada, únicamente contemplaban los colores y las nubes con su espesito andar. Ninguno de los dos sabía hacia donde llevaba ese camino sinuoso, a lo lejos se escuchaba una canción, los sonidos eran sutiles pero se intensificaban con el silencio que dominaba la escena. Ella miraba de reojo a su acompañante, que aunque desconocido en un nivel cuantitativo, pareciera como si existiera entre ellos una familiaridad fenomenológica que ambos alcanzaban a percibir y con la que se tranquilizaban, por lo que el silencio no era incómodo, por el contrario, era como estar en casa con un viejo compañero de ruta. Detrás de ellos se iban quedando espacios, cuadros, palabras, susurros, perros y colores, muchos colores, cada uno entablaba consigo mismo la conversación que le hubiera gustado proponer y que sin embargo, por alguna extraña razón, no se atrevían. El tiempo transcurría azul, tan azul que era lento y suave. Ellos, arrojados en un desierto inmenso que se los podría tragar sin ninguna dificultad, respiraban el olor de un viaje, la tentación del arrepentimiento y sobre todo, la atmósfera pesada de una trayectoria incierta. Ninguno de los dos hablaría de sus razones, ninguno de los dos hablaría de su historia, ni de su triste final, mucho menos de lo que fue haber traspasado la barrera de la que resulta imposible regresar. Ambos se sabían del otro lado, compartían la complicidad de compañeros de celda, de su propia celda, de su propio infierno y con la mirada habían decidido acompañarse en silencio, dignificando su dolor, el dolor de volver la mirada hacia atrás y reconocer que no hubo ninguna razón para quedarse.






De pronto se toparon con un entronque, era la señal esperada, él se detuvo; ella respiró y sonrió cálidamente. Se miraron y de sus ojos brotó una luz amarilla que lograron intercambiar, lo sabían, los expresidiarios se reconocen a simple vista y aunque decidieron no articular con palabras nada que tuviera que ver con eso, en realidad se lo habían dicho todo. Estaban cansados y temerosos, ellos conocían la distancia, el silencio y el vértigo y veían en los ojos del otro su propia necesidad de equilibrio. Ella se fue bajando del automóvil mientras le enviaba a su amigo secreto una sonrisa a distancia, esa distancia protectora que solo saben marcar quienes han estado sumergidos con cocodrilos en los pantanos . Ella cerró la portezuela y a través de la ventana se asomó para hacer con su mano una seña de despedida, él regresó la señal y se despidió también de su compañera silenciosa y cálida. Pisó el acelerador y se fue dejando a su paso las huellas del automóvil que lo transportaría hacia su nueva parada.

Imágenes: Danapra

enero 29, 2008

Residuos del Inconsciente


-¿Lo viste?
-¿A quién?, ¿qué cosa?
-Eso que pasó y que dejó un olor extraño… como a hierbas
-No, ni vi, ni olí nada
-Estoy segura de que lo vi… es más, huele, aún huele, es… hierbitas
-No sé de qué hablas
-¡Mira¡ detrás de la cortina, ¡ahí está¡
-¡No me asustes¡ No voy a voltear
-Claro, voltea, mira
-Está bien… Ah¡ ¿eso?, ¿eso que se ve detrás de la cortina?
-Sí, eso
-Ah, eso es… eso es… ¿cómo decirlo?... es...
-¿Qué es?
-Un residuo de mi inconsciente, se me salió ayer en mi terapia y no he sabido qué hacerle… no lo quise dejar en el consultorio y me dio pena decirle a la terapeuta. Creí que tú no lo notarías, además huele rico, creo que es un fantasma del bosque.
-¿Qué?, ¿se te salió un residuo del inconsciente en tu terapia y te lo trajiste a la casa sin pensar en las consecuencias?
-Es que ayer trabajé mi niña interior y es muy probable que se trate del residuo de alguna fantasía infantil o algo así, quizás sea un recuerdo relacionado con las vacaciones de verano o de algún sueño. La verdad es que lo quiero. ¿Se puede quedar?
-No lo sé… necesito verlo de cerca… quiero tocarlo…
-Tócalo es muy lindo, creo que es el residuo de un sueño muy bonito, te lo contaré: verás… yo iba volando dentro del vientre de una mantis religiosa, podía contemplar un hermoso mundo con todos sus colores a una intensidad por encima de lo normal, yo sabía que estaba dentro de ella, la mantis, y veía todo a través de su vientre transparente… hasta que…
-¿Hasta que qué?
-De pronto aparecía él, un duende malo, salía con una aguja enorme y comenzaba a perseguir a la mantis para perforarle el estómago…
-Y, ¿qué hacías?
-Le gritaba desde dentro, le suplicaba que no lo hiciera… pero lo hizo, le clavó la aguja en el vientre y yo caí, caí…
-¿Y la mantis?
-No lo sé, desaparecía
-¿Y qué tiene de bonito ese sueño?
-Que fue mi primera caída y… desde entonces encontré el lado placentero de esa sensación.
Imagen: Danapra

enero 10, 2008

Desde el exilio de sí mismo



Los refugiados se dividen en dos clases: aquellos con fotografías y aquellos sin fotografías, dijo un refugiado bosnio”


Dubravka Ugresic, “El museo de la Rendición incondicional”



Desde su exilio se ve a través de la ventana y sabe que está en la frontera, al sur de la cordura, esperando un tigre para pisarle la cola. Y aunque su boca, una vez más no se quiere desprender, dejará que sus venas vuelen como libélulas porque ya está cansada, le gana esa fuerza de gravedad enloquecida y no puede, ya no puede. En ese último intento se arriesgó porque su estómago aún no conocía la acidez suficiente como para descubrir la irreversibilidad del daño, sus bronquios todavía no detectaban la toxicidad de ese oxígeno y sus riñones, esos con los que creía tener mucho contacto, aún no punzaban como bisturís arrepentidos. Desde su exilio sabe que por ahora no pertenece a ningún lugar, sin embargo aún hay pedacitos, recuerdos y fotografías con las que podrá ir tejiendo una nueva prenda para su equilibrio mental.
Imagen: Ira Bordo

noviembre 25, 2007

Los ojos del corazón




Faltaba algo, a Inés siempre le faltaba algo. Pasaba sentada muchas noches esperando, ya no le importaba que sonara o no el teléfono, ya no le interesaba el timbre de la puerta, sencillamente se trataba de la espera, esa espera espesa que comenzaba a colgársele de los hombros y la iba aplastando hasta contracturar su espalda media, doblegándole la columna vertebral hacia su mínima expresión. Se sentía como un ovillo de hilo tembloroso, como un capullo que encierra una mariposa sin alas. Y lo que sucedía era muy sencillo: un puente jamás es unilateral y ella comenzaba a sentirse cansada de tanto estirar sus manos.

Los puentes

Hay muchos tipos de puentes, Inés prefería aquellos que se forman al unir una semilla de Sésamo con un granito de Arroz, cuando un hombre y una mujer se abrazan con tanta fuerza que sus brazos y muslos están enroscados en suave fricción. Inés se emocionaba con aquellos puentes que se forman al unir Leche con Agua: cuando dos amantes se aman con violencia y sin miedo al dolor, como si desearan penetrar en el cuerpo del otro, abandonados. Y también optaba por aquellos puentes que inician en la pupila de uno para terminar en la pupila del otro, aquellos que inician en la mano de uno y terminan con la mano del otro, intercambiando luz, abriendo convexidades en una superficie lineal, transformando los días y las noches en hermosos caleidoscopios, en dientes de león. Sin embargo esto no era posible para Inés, pues Pablo, su gran amor, tenía aún muchos puentes del pasado qué reacomodar para poder abrir nuevos enlaces con ella.

El cuerpo de Pablo

Desde la primera vez que Inés conoció el cuerpo desnudo de Pablo supo que él encerraba mucho dolor, sus omoplatos hechos nudo, sus hombros endurecidos como piedras, la gran cantidad de cicatrices solo reflejaban sufrimiento añejo encerrado quien sabe por cuanto tiempo allí. Inés pasaba largo tiempo llenándolo de caricias reparadoras, de besos reconfortantes, ella pensaba que insertando sensaciones placenteras en el cuerpo de su amado podría abrir nuevas conexiones, nuevas dimensiones en su memoria corporal y por ende, en la memoria de su alma. Pero Pablo era impenetrable, las caricias de Inés no lograban traspasar ni un ápice hacia el interior de su corazón y sobre todo, Pablo no estaba listo para gritar, ni para vomitar, ni mucho menos para dejarse caer ante un nuevo indicio de amor. Él no lo sabía, pero aun se resistía a volver a empezar.

La sala de espera

Inés escuchaba el tic-tac del reloj, sentada en una silla incómoda, se hacía miles de preguntas que desgraciadamante nadie podía contestar, se comenzaba a sentir sola y fue cuando tomó una decisión muy a pesar del dolor que esta implicaba, decidió abrir su corazón y dejarse volar, tomó una hoja de papel y escribió a Pablo la siguiente nota:

Amor:

Es posible que aún existan puentes que te enlazan hacia otro punto en el que, claro está, no existo yo; es posible que tu historia sea muy dolorosa y que por eso me tengas miedo, es posible, incluso, que simplemente no me quieras, por eso hoy te lo digo: te invito, yo estiro mi mano, sin embargo,si tú no le das el lugar que le corresponde a todo lo que llegó antes que yo, los ojos de tu corazón jamás podrán mirarme, y yo, renuncio a quedarme en la antesala de tu vida.




Si supieras cuanto te amo...



Inés



Inés se entregó a esa nota de una manera catártica y al finalizarla comprendió que debía irse, que esa sensación de incertidumbre era porque aun, después de tanto tiempo compartido con él, no había logrado ni siquiera acariciar el interior de Pablo. Entonces hizo una maleta pequeñita, con las cosas suficientes para sobrevivir y abandonó ese lugar frío y pálido como una sala de espera.









Imágenes: Eugenio Recuenco

octubre 28, 2007

Los Mapas (La Conclusión)

...Hay una bolsita en mi vientre en la que guardo un tiempo, un espacio, un universo. Los cuatro estados físicos de nuestro vínculo, las dos polaridades de esa línea en la que tanto tiempo caminamos, yo desde la locura; tú desde la mimetización.






Y mira, tú lo sabes perfectamente, si unes tu mano con la mía se abre todo un mapa en el que podemos visualizar nuestros caminos, nuestras montañas, nuestra hidrografía. Podemos comprender el territorio que por tanto tiempo estuvimos habitando, podemos ver mariposas brotar de nuestras palmas, podemos mirar el efecto del infinito, como poner un espejo frente a otro, podemos ir y venir. Pero sobre todo amor, podemos contemplar las grietas, los pantanos y la larguísima secuencia de tormentas, incendios y epicentros que nos llevaron a cada uno a quedarse tan solo con la mitad de un territorio en contingencia ambiental. Si unes tu mano con la mía se avivarán los recuerdos que hasta este momento se han quedado sin casa, desterrados y extranjeros. Si unes tu mano con la mía lo más probable es que tan solo se trate de un esfuerzo absurdo por revivir un muerto que ha sufrido un terrible paro cardiaco irreversible a cualquier maniobra de resucitación.



Imagen: Ira Bordo




octubre 24, 2007

Los Mapas (Continuación)

...Esa maldita bolsa, alguna vez un recuerdo plateado no paraba de gritar y de repente salió flotando lentamente con sus ojitos cerrados, me pedía que lo dejara salir y por más que le explicaba no entendía razones, le exigí que me mirara a los ojos y cuando los abrió supe porque era plateado: era un recuerdo nocturno.





Lo confieso: una vez por descuido, alguno que otro recuerdo se salió de su atmósfera protectora sin que yo me diera cuenta y murió; peor aún, alguna vez permití con clara intención de berrinche que salieran directito a la muerte, sin embargo, al ver su cara de agonía y sus temblores como peces fuera del agua, me era imposible fingir demencia y entonces corría como corre un paramédico a dar respiración de boca a boca, arrepentida, enternecida y furiosa, para ellos era una heroína; para mí era una cobarde idiota incapaz de recomenzar. También he de confesar que al principio intenté de todo para mantenerlos con vida, compré una pecera altamente equipada para que nadaran pero ellos no son seres acuáticos, compré cubre bocas y máscaras de oxígeno, pero ese tampoco era el problema, el problema es que ya no pertenecían a este mundo, ya no encajaban en mi presente, y sobre todo, ya no estabas tú.



Imagen: Ira Bordo

octubre 19, 2007

Los Mapas (Primera Parte)

Hay una bolsita en mi vientre en la que guardo la cuarta parte de mi vida, toda una historia está encerrada allí, tan frágil, tan lánguida que de vez en cuando salen los recuerdos corriendo por la habitación, despavoridos, como entes invocados por una espiritista. Cada vez que esto sucede siento una enorme tristeza al contemplar su rostro de espanto y desubicación, ellos saben perfectamente que ya no pertenecen a este mundo, que ahora, para mi desgracia y la tuya, han pasado a formar parte de una cuarta dimensión a la que solo se tiene acceso a través del libro de las mutaciones o de nuestras manos unidas; juntas forman un mapa, ¿lo sabías? Y lo importante de este mapa no es la ubicación mediante los puntos cardinales, ni los caminos, ni los lugares, sino el desdoblamiento de puentes en los que es posible unir y contemplar el presente, el pasado y el futuro en un mismo instante. Lo importante de ese mapa, no son los nombres, sino los espejos, los laberintos y las rutas alternas.



Hay una bolsita en mi vientre en la que guardo la mitad de nuestra historia, desde hace un tiempo se convirtió en mi cementerio, aunque no es muy apropiado este concepto pues lo que en ella guardo aún sigue vivo, entonces más bien podría decir que es un refugio para entidades a destiempo y a desespacio. Me conmueve terriblemente ver recuerdos salir y percibir como les va faltando el aire y como sus delgadas piernas comienzan a debilitarse hasta que ya no pueden mantenerse en pie, entonces tengo que apresurarme a introducirlos una vez más en esa bolsa, en ese espacio anacrónico en el que pueden seguir existiendo, ellos saben que no pueden estar aquí, este ya no es su mundo, habría que mantener abierto el I Chin en el hexagrama de La duración, tendríamos que dejarles señales y conseguirles una especie de traje de astronauta para que pudieran ir y venir de un tiempo a otro sin perderse, tendríamos que volver a unir nuestras manos para que pudieran correr libremente.

Imagen: Ira Bordo