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mayo 11, 2009

Viajero...


Él era un viajero pero no lo sabía, se aferraba a la permanencia de su propio eje con tanta tenacidad que parecía inamovible. Sin embargo su naturaleza vertiginosa se manifestaba indomable, llenando de ligereza sus pies, gracias a eso había podido sobrevivir a la tempestad de un amor intermitente.


Quise coincidir, quizás por accidente, en algún momento ser su acompañante; pero él se iba, todo el tiempo, irremediablemente se iba.


Definición minimalista dedicada con todo mi corazón al viajero más involuntario que conozco: Z.I.G.M que además es taxonomista de mujeres policía, experto en armas de fuego y gran estudioso de los abismos puramente humanos.

octubre 20, 2008

Después del incendio...




Todo comenzó con un incendio, el fuego consumió en aquel tiempo todo cuanto encontró en su camino y lo confieso: quise huir, era imposible seguir respirando, sin embargo cuanto más intentaba separarme, más me fui internando en su centro y sin darme cuenta encontré confort en la espesura más densa de los árboles que resultaron ilesos. El movimiento del viento, que poco a poco fue siendo menos tóxico, me fue llevando hasta disfrutarlo como una lluvia después de una larga sequía. Lo he visto morir, lo he visto humedecer, lo he visto languidecer y quedar en los huesos, lo he visto robustecer y llenarse de colores, lo he visto crecer, lluvioso, líquido, fértil. Sé que puede volver a enfermar, que el fuego se adhiere sin piedad y también sé que mientras más me aleje de él, más cercana será mi autodestrucción.








Pequeño post dedicado a todos los amigos que han entrado a este bosquecito, que por éstas fechas cumple un bonito año de vida y que con su toque han contrubuído a su reforestación. Gracias a mi Rotita hermosa, a la Reyna Galáctica, gracias Pete, User Name, Lilith y a todos los que en algún momento han dejado huella de su visita. Besos a todos.






Imágenes: Eugenio Recuenco

agosto 11, 2008

Horno Fértil


Desde la cocina de su hogar espera el momento, tiene mucho, mucho tiempo trabajando en la construcción de su hogar interno, por lo que cada día se siente más segura para recibirlo, mientras, prepara postres reconfortantes esperando su llegada. Quiere darle la bienvenida dulcemente, ahora es momento de suavidad, después de tanto tiempo de acidez y oscuridad, está lista para internarse en otras texturas.
Pasa horas experimentando sabores, olores, hace combinaciones nuevas, variaciones de los recetarios y ya tiene una especialidad, un hermoso y sencillísimo pan de elote con mermelada de zarzamoras, cuya receta tenía escrita a mano con letra apretadísima y chiquita en una servilleta y que dice así:

Para el pan:

Tres elotes tiernitos y jugosos
Dos tazas de harina para preparar panquecas caderonas y pecosas
Dos barritas de mantequilla derretidas a fueguito manso
Cuatro huevos guapos y consistentes
Lecherita
Un chorrito de Vainilla

Para la mermelda:

Un cuartito de zarzamoras sexys y maduritas
Azúcar, mucha azúcar

Ella mezcla los ingredientes con mucha delicadeza, piensa que una de las mejores maneras de regalar amor es a través de la comida, nutriendo y compartiendo sensualidad en los paladares. Hornea el pan con tanta emoción que pareciera que cuida de una criatura muy frágil, lo observa hasta que está listo y al final lo decora hasta dejarlo completamente antojable.

La fertilidad de ese momento está a flor de piel. Ella lo sabe, se siente lista para darle paso, aun no sabe quien es, quizás aun ni siquiera lo conoce, pero lo puede sentir, se estan buscando, ella lo espera, sentada en la terraza con vista al bosque, mientras se fuma un cigarrillo, no tiene prisa, aun quedan muchos panecitos por descubrir.
Imágen: Ira Bordo

mayo 28, 2008

Un refugio para besos viajeros y sin reloj...





Huían, ellos huían del frío, del calor, del dolor, de la costumbre y antes de llegar al refugio temporal estaba todo claro, tuvieron mucho tiempo para plantear la situación en la que se darían las circunstancias, por lo mismo habían postergado ese momento. Cada uno se protegía a sí mismo de las posibles consecuencias y también se cuidaban mutuamente. Ella temía porque conocía su gran capacidad de adhesión y porque después de lo que pasara entre ellos no tenía un suelo muy firme para aterrizar. Él tenía miedo porque a pesar de contar con un lugar seguro para tomar tierra, no le era suficiente, y para eso se necesitaban.

Llegaron a una esfera apartada de su mundo cotidiano, muy lejana y también muy hermosa; ella apretaba sus manos y hacía nudos su vestido, en el fondo una extraña emoción, que no se quería permitir abiertamente, le apretujaba el corazón. Él entró en un silencio profundo, sin embargo cada vez que la miraba dejaba ver mucha familiaridad e incluso ternura en sus ojos. Alguien abrió la puerta de esa esfera y se permitieron entrar suavemente, como prófugos que no quieren ser reconocidos, tenían un poco de resistencia más no la suficiente para renunciar, además a esas alturas ya era demasiado tarde.






Estando ahí, adentro, sin una sola ventana que los enlazara con el exterior, iniciaron un ritual de besos ladeados en los que sus cabezas se movían en direcciones opuestas, con mucha dulzura mientras ella inclinaba su cabeza hacia atrás, él le daba una serie de besos inclinados y directos en los que se mordisqueaban y se acariciaban levemente con la lengua. Se llenaron de caricias, de apretones, de besos nominales, besos distractores, de besos viajeros y sobre todo, de besos sin reloj, abrieron una dimensión en la que sus fantasmas y sobre todo, su realidad se había quedado flotando afuera, se crearon un mundito atemporal en el que no importaba nada más que sentirse, olerse, lamerse y dejarse derretir hasta plantar el beso definitivo que quedaría para el recuerdo.








Pasó esa noche, lentísima y espesa, durmieron agotados sabiendo que el amanecer les traería el golpe certero de la realidad. Y así fue, una alarma estridente rompió con el sueño profundo al que se habían entregado, era momento de partir, de salir de su burbuja, de abrir las ventanas y permitir sin resistencia que la verdad inundara la habitación, la cama y todo lo que efímeramente había sido para ellos. Ella, en un intento infantil por evadir lo que venía, trató de esconderse bajo las sábanas, sin embargo sabía perfectamente que el futuro era inevitable, había que regresar inmediatamente. Él sencillamente como soldado resignado a morir en la guerra, se puso en pie para iniciar el retorno.

El camino de regreso se caracterizó por un silencio extraño, de recuperación y de asimilación, a cada uno se le iban pegando sus propias sombras, sus cicatrices y sus huecos hasta volver a ser los mismos, pues no tenían otra opción. Ella se quedó en un lugar suave, sin embargo sus pies no se pegaban del todo al suelo; él siguió un camino largo pero conocido, tan conocido que hastiaba. Su despedida fue insustancial, ya no había nada qué decir.



Imágenes: Eugenio Recuenco

Dedicado a Félix, El Embajador de un país muy lejano al mío, con mucho cariño por compartir esa historia y dejarla en mis manos.

mayo 01, 2008

Relato de una Cebra Devorada




Entró por la puerta principal, sin permiso pero con el cinismo que caracteriza a los intrusos. Se metió intempestivamente, feroz como un león hambriento, tan seguro que ella no lo pudo detener. Lo dejó pasar hasta el fondo, hasta sus huesos.

Completamente ensangrentada ella necesitaba gritar que una bestia desconocida la estaba deshebrando pero no quería delatarlo, deseaba más. Ese animal conocía perfectamente las leyes de la cadena alimenticia y ella era la presa perfecta: vulnerable, un poco hostil y lo mejor de todo, con el corazón mirando hacia otro lugar.

Algo la detenía a dejarse partir en mil pedazos, quizás la culpa por permitir que un completo desconocido la devorara. Sin embargo, nunca nadie había intentado destazarle el cuerpo con tanto placer, ese placer que duele en las piernas y aunque trató de huir, con la poca fuerza que le quedaba, no pudo, el animal no se iría hasta saciar por completo su hambre; por lo que lo alimentó, sin amor, sin ternura, incluso con una pequeña dosis de odio, pero le dio de comer, asustada, enojada, pero también extasiada, tan satisfecha que reservaría ese gozo como un secreto que solo ella sabría, nadie más.






A la mañana siguiente era una cebra con el cuerpo completamente despedazado y él se había ido sigilosamente. Ella se fue reconstruyendo poco a poco hasta ponerse en pie para recapitular en su cabeza los hechos. Fue real, pasó y ahora con todo y la división que le implicó ese encuentro, quiere volver a verlo, a esa fiera salvaje que devora como ningún otro. Pero no sabe dónde encontrarlo, solo queda esperar, quizás con el tiempo él también quiera regresar, finalmente así son los animales indomables, siempre retornan cuando tienen hambre.
Imágenes: Nicolás Henri

diciembre 20, 2007

Las comisuras de mi boca...



Te encontré, no sabía que esa noche traía un regalo para mí. A pesar de los desmayos, las fracturas y los delirios, hoy puedo ver una luna hermosa detrás de mí y quiero cerrar un poco los ojos, abrir la ventana, cubrir mi corazón con una cobijita y permitir que suceda. No busco salir ilesa, me quedaré aunque ya haya tenido que limpiar las comisuras de mi boca…
Imagen: Ilona Wellmann

noviembre 11, 2007

Ley del mordisco amoroso

“Todas las partes del cuerpo que pueden besarse, pueden también morderse, a excepción del labio superior, el interior de la boca y los ojos”…

Ley del Mordisco Amoroso en el Kama Sutra

Paradita, paradita, así, paradita- le decía él mientras la tomaba por la cadera y le mordía la espalda, incertándole los dientes hasta transformar su piel en un cielo plagado de nubes quebradas.- Paradita chiquita, no te muevas- le seguía diciendo mientras con sus grandes manos le apretaba la cadera y la acercaba hacia sí, restregándola contra él. Mientras, ella se miraba al espejo y obserbava la imagen: él detrás de ella, embarrándose sus glúteos en la pelvis, mordiéndola; ella semidesnuda, veía como sus pechos colgaban de manera natural por la postura en la que estaban, y sentía, sentía ese dolor en los ovarios, comenzaba a gemir involuntariamente, el aire se iba. Él ahora, con una mano la empujaba presionándola del bajo vientre hacia su cuerpo y con la otra enredaba los dedos entre el cabello de ella y comenzaba a jalarlo entre tironcitos suaves y contundentes. Ella, no podía más, se desvanecía entre esas sensaciones, sentía que moriría- Ya es hora chiquita, no puedo más- le dijo, y mientras, bajaba el cierre de su pantalón para sacar un pene hermoso, moreno y grande que dejaba ver un lunar perfecto en su base. Comenzó a untarlo entre los glúteos de ella, que aún no se había quitado las pantaletas- Ven chiquita, te quiero ya, paradita, me gustas paradita no te muevas- le decía al oído. Mientras ella, pasaba una de sus manos entre las piernas de ambos hasta llegar a los testículos de su hombre para acariciarlos de atrás hacia delante, y cada vez que él sentía esa caricia abría la boca y desvanecía su cabeza gimiendo ahogadamente. Él, en un lapso de recuperación y fortaleza arrancó de un tiro las pantaletas de su compañera, miró detenidamente entre las pompis de ella una vulva perfectamente hinchada para introducir su bello pene en una vagina igualmente hermosa, rosada y completamente mojada. Él comenzaba una danza de ritmo constante, parpadeante, apretándola cada vez más de las caderas, detrás de ella, encajándole las uñas, marcando su piel de medias lunas, gimiendo como un león que está dispuesto a todo. Ella sentía que se le iba la vida, atravesada, equilibrando con todas sus fuerzas el peso de ambos entre sus rodillas y sus manos.
-¡Espera¡- articuló débilmente ella- quiero verte, quiero mirar tus ojos, quiero ver la ventana por la que se me puede ir el alma-.
Entonces cambió bruscamente de postura y se acostó frente a él
–Ven- le dijo imperantemente- te quiero cerquita, quiero sentir tu corazón-.
Él acudió al encuentro y comenzó a besarle compulsivamente todo el cuerpo con los labios, después con la lengua hasta que los dientes aparecieron una vez más para llenarla de mordiscos amorosos, mordiscos ocultos, mordiscos hinchados, mordiscos silenciosos, mordiscos desesperados, mordiscos con labios y con dientes, salubres, tóxicos, agridulces, desconfiados, tibios o mojados. Entonces, él se transformó en un jabalí y comenzó a dejarle marcas que alternanaban con sus dientes y trozos de piel enrojecida. Pero ella, que estaba tendida debajo de él, colocó un pie en el hombro de su amante, permitiendo con esto una nueva y maravillosa penetración, estirando la otra pierna sobre el lecho parecía una preciosa rama de bambú con una enorme hendidura que él disfrutaba casi hipnotizado. Ambos se gozaban, como se gozaban hasta explotar como dos cometas que han decidido lanzarce al vacío.
Unos minutos después ella lo acariciaba tiernamente con las yemas de sus dedos, había tanto silencio en la habitación que se podía escuchar el rozar de sus yemas con la piel de su hombre, permanecían callados hasta que él rompió el silencio…
-Va a doler- dijo
-¿Qué?- preguntó ella
-Esto va a doler cuando termine- respondió- y ya no hay retorno.


Imagen: Will Santillo